Lo que me agrada
acerca de los católicos es su dedicación a sus ejercicios religiosos. También
admiro mucho el espíritu de sacrificio de innumerables sacerdotes y monjas. A
través del sacrificio personal sirven a los necesitados, los sufrientes, los
olvidados de nuestra sociedad. Desde luego, otras denominaciones religiosas
también hacen esfuerzos semejantes en favor de esas personas.
Hay varias doctrinas
católicas que encuentro inaceptables porque carecen de respaldo bíblico. Por
otra parte, sin embargo, hay otras enseñanzas católicas las cuales no sólo
admiro sino que creo que son muy importantes para nuestro tiempo. Pienso en
particular acerca del concepto católico del matrimonio. Además, ellos aprecian
la santidad de la vida humana.
Vivimos en una
sociedad donde muchos cristianos han llegado a percibir el matrimonio como una
institución social y secular que puede ser disuelta fácilmente cuando las
circunstancias así lo piden. La Iglesia Católica debe ser admirada por
recordarnos que el matrimonio es sagrado y que lo que Dios ha unido nadie tiene
el derecho de separarlo.
Mi ferviente
esperanza y oración es que nosotros también como protestantes pudiéramos
apreciar mejor la experiencia religiosa de nuestros amigos católicos. Por otra
parte, deseo también que lleguen a redescubrir algunas de las verdades bíblicas
que han olvidado.
En un mundo de
progresos materiales y cambios sociales, donde los valores morales se han
erosionado, la Iglesia Católica trata de sostener la moralidad y la decencia.
Muchos católicos honran la santidad de la vida humana, junto a muchos
protestantes conservadores que reconocen el respeto por la vida como una verdad
abandonada. Estas convicciones a través de los años han hecho de las naciones
americanas lo que son, y los católicos sin duda han desempeñado una función importante en fortalecer la fibra moral de
éstas. La Iglesia Católica se ha mantenido firme, junto a otros que también lo
han hecho.
También me agradan los católicos debido a sus muchos ejemplos brillantes
de genuino amor cristiano, como ya fue mencionado. Un amor desinteresado que no
pide nada a cambio, el tipo de amor que Jesús mostró en su vida. Una
ilustración excelente de esto es la Madre Teresa de Calcuta, India. ¿Dónde
habrá un corazón tan endurecido que no sea conmovido por lo que esta amada
mujer hizo? Y no olvidemos que hay miles de sacerdotes y monjas que, como la
Madre Teresa, están en todos los rincones del mundo. Sólo en la eternidad
conoceremos los sacrificios de estos héroes desconocidos.
Algo más que aprecio acerca de los católicos es su sincero amor por
Jesús y su interés creciente en las Escrituras. Desde luego, yo no soy
católico. Existen diferencias entre mis creencias y las de la Iglesia Católica.
Y eso es de esperar y entender. Las diferencias mayores entre nosotros son
probablemente el asunto de la infalibilidad papal y el papel que desempeña la
tradición en la interpretación de las Escrituras como fundamentos de autoridad
espiritual.
Aprecio la reverencia que muchos católicos tienen por las Sagradas
Escrituras, reverencia mucho mayor que la de algunos protestantes liberales.
Cualesquiera que sean nuestras diferencias, podemos apreciarnos los unos
a los otros.
Uno de los mejores ejemplos del amor de Dios fue aquel dado por
Maximiliano Kolbe, un sacerdote franciscano polaco que sacrificó su vida
durante la Segunda Guerra Mundial. Estaba preso en el campo de concentración de
Auschwitz, pero cada día animaba a sus compañeros en el sufrimiento. Compartía
su escasa ración con los enfermos y debilitados, aun cuando a menudo él se
encontraba en peor condición que aquellos a quienes ayudaba. Dirigía a los prisioneros
en oración, introduciendo la luz de Cristo en aquel oscuro campamento de
muerte.
Los guardias se enfurecían frente a su cristianismo. Le golpearon
salvajemente, pero sólo consiguieron que él orara por ellos. Finalmente Kolbe
pagó el precio máximo por su fe y su amor.
Una tarde las terribles sirenas comenzaron a ulular. Un prisionero se
había escapado, y en represalia diez hombres fueron seleccionados para morir
por su compañero ausente. Uno de los diez, un padre joven, rompió a llorar
tristemente al pensar en su familia.
Súbitamente Kolbe se adelantó. “¿Qué quieres?”, le preguntó el
comandante del escuadrón de la muerte.
Kolbe suavemente contestó: “Quiero morir en el lugar de este
prisionero”.
El endurecido nazi se quedó mudo. Finalmente pudo hablar, y respondió:
“Petición concedida”.
Kolbe fue abandonado en un calabozo subterráneo para que muriera de
hambre. Durante sus últimos días, mientras moría lentamente, se le escuchó orar
y cantar. Finalmente el sacerdote exhaló su postrer suspiro. Yo quisiera
conocer a ese querido santo en el cielo.

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